Educar desde la intuición

Educar desde la intuición

Todos somos producto de nuestra Educación. Condiciona nuestra vida adulta y cimienta el armazón con el que salimos a la intemperie.

Una buena parte de nosotros hemos sufrido bajo el peso de sus imperfecciones. Construirse a uno mismo con el lastre de un mal enfoque educativo, hace de la tarea un arduo peregrinaje, una penosa labor de restauración íntima.

Aun teniendo hoy una variedad enorme de herramientas de las que echar mano, como planes de educación ampliamente consensuados o numerosas concepciones pedagógicas alternativas, existe al respecto una evidente insatisfacción en la comunidad educativa.

¿Cómo logramos educar correctamente a la nueva generación?

Esta pregunta ha conseguido obsesionarnos en ParadigmaticaMente.

No creemos que sea satisfactorio responderla desde el prisma excluyente de la Psicología, la Pedagogía o la Neurociencia por separado, por citar tres vertientes de estudio. Cada una de ellas tendrá fantásticas soluciones para un futuro ideal. Pero individualmente, abanderan, asimismo, una respuesta sorda que obvia la solución –parcial, naturalmente–, que tienen otras ciencias ante la misma cuestión. En este caso, como casi siempre, la suma de las partes es menor que el todo.

«El debate, por tanto, debería centrarse en la integración, en la comprensión de que el ser humano es un ente holístico. Si no llegamos al entendimiento de esto, no daremos con la solución adecuada para esta inquietud tan actual»

Por otra parte, nos encontramos con el escollo que representa la dicotomía fuera/dentro. Sería bueno pues, acudir al origen de la disquisición. La propia etimología del verbo griego del que procede educación, parece decantarse claramente por uno de los polos, pues educare significa literalmente «ayudar a sacar de dentro».

Es decir, los griegos antiguos consideraban que el arte de educar estaba más en relación con asistir al educando a «recordar» sus capacidades y talentos, que con introducirle demasiado «material externo» nuevo.

Salvando la distancia con el mundo de nuestros días, los «lingüistas» clásicos tenían su razón al acuñar este verbo, en contra de la teoría de algunos filósofos de la época, como Aristóteles, quienes postulaban que el niño o niña viene al mundo como una tabula rasa.

Empíricamente vemos la inconsistencia de este planteamiento, simplemente fijándonos en nuestros hijos. Las inquietudes y aptitudes que muestran, superan con creces las que teníamos sus padres con las mismas edades, y parecen disfrutar de algunas habilidades que nadie les ha enseñado. (No es intención del artículo extenderse demasiado en este tema, pero si tienes interés en él, te recomendamos las investigaciones del biólogo Bruce Lipton en el campo de la epigenética).

Una vez dicho esto, podemos pasar a abordar el rol del educador, desde la misma perspectiva. Al aplicar la lógica que nos muestra, concluimos que no serían unos maestros más válidos aquellos que tuvieran una formación extraordinaria, sino los más hábiles en extraer de sus alumnos la llama única y personalísima que brilla dentro de ellos.

¿Y cómo conseguimos tal hazaña?, ¿se puede aprender la anterior habilidad? Son preguntas interesantes que, por supuesto, también nos hemos realizado previamente.

Llegamos a la conclusión de que estas incógnitas no pueden resolverse más que por analogía. Esto es, si el alumno obtiene muchos de los recursos para encararse a la cotidianidad buscando en su interior – amparado obviamente por una educación consecuente con este principio– , al maestro-a/madre/padre no le queda más remedio que acudir al mismo lugar para ofrecerle su asistencia en este cometido.

«En la intuición, más que en otro concepto, reside el alma de toda educación»

Es gracias a la anterior convicción como hemos armado este artículo. El título mismo es ya una declaración de intenciones, puesto que creemos que en la intuición más que en otro concepto, reside el alma de toda educación. Una intuición basada en el conocimiento, naturalmente, pues no se nos debe escapar que la misma puede entrenarse y potenciarse si se dispone de la plasticidad cerebral acordes para ello. Es como abonar tu campo mental para ganar en intuición.

Y en este caso la formación del educador debe ser muy específica y de calidad y con la capacidad intrínseca de potenciar esta maravillosa capacidad, la cual, lamentablemente, utilizamos muy poco. Aparte de ello, debe ir al fondo de la cuestión y entender verdaderamente las necesidades del niño o niña. En otras palabras, abogamos por una auténtica «ciencia de la educación intuitiva».

Si te interesa esta novedosa concepción, en nuestra sección Recursos, hemos preparado con todo nuestro cariño una propuesta que toma este principio y lo aúna con las potencialidades tremendas de las nuevas tecnologías.

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